La descolonización de los derechos humanos: luchas locales con dinámicas globales

Los derechos humanos siempre han sido objeto de intentos de apropiación indebida y manipulación con fines políticos, pero el poder y la agencia deben permanecer en manos de quienes sufren la opresión y la injusticia.
Este es un año importante para los derechos humanos. En diciembre se cumplen 70 años de la aprobación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Durante estas siete décadas, se han dado pasos importantes en cuanto a los derechos de las mujeres y de las personas LGBTI, la lucha contra la pena de muerte y la protección de la población civil en situaciones de conflicto, por nombrar solo algunos.
Sin embargo, nos parece, y así lo sentimos muchas personas, que no es momento de celebraciones. El sistema internacional de derechos humanos está estancado y es incapaz de responder de manera efectiva a las crisis, ya sean en Myanmar, en Siria o en Gaza. Son muy pocos los líderes dispuestos a defender los derechos humanos y a ejercer un liderazgo moral en el mundo. El respeto por las normas establecidas se está desvaneciendo rápidamente.
Es, por tanto, un buen momento para preguntarse: ¿por qué son necesarios los derechos humanos y para qué sirven? Los derechos humanos pueden significar algo distinto para cada persona. Y, de hecho, no significan nada en absoluto para buena parte de quienes viven en países en desarrollo. Yo crecí en India en la década de 1970, en una época en que la primera ministra Indira Gandhi suspendió casi todos los derechos civiles y políticos; mis padres participaron muy activamente en la lucha por los derechos de los dalits y de las mujeres, y yo fui presidente del sindicato de estudiantes de mi universidad. Pero nunca me consideré un activista de derechos humanos. Por entonces, la mayoría de las personas de India no conocían el lenguaje y el discurso de los derechos humanos, tal como hoy se debaten en Londres, Ginebra y Nueva York. Ahora que conozco este discurso, tengo la seguridad de que se me habría considerado defensor de los derechos humanos. Sin embargo, no creo que esta falta de conciencia haya cambiado tanto en la clase política de India.
Entiendo los derechos humanos como las luchas de la gente corriente por hacer rendir cuentas a quienes están en el poder, en especial a las empresas y a los gobiernos que abusan de él. Se trate de un marido violento, de un arrendador de vivienda abusivo, de un gobierno que criminaliza a las personas por quienes son, o de Estados que juegan con la vida de la gente en el Consejo de Seguridad de la ONU, todos son abusos de poder contra quienes carecen de él. Y esta es la razón por la que debemos tener reglas del juego; por eso son necesarios los derechos humanos.
Así pues, considero que los derechos humanos son las luchas de la ciudadanía de a pie por hacer rendir cuentas a los poderosos.
Pero ¿se deben descolonizar los derechos humanos? ¿Es ese el enfoque correcto? Me gustaría analizar cómo las personas que creemos en los derechos humanos podemos disponer lo necesario para conseguir logros en el contexto de los intensos retos actuales utilizando la óptica de la descolonización.
En primer lugar, la esencia de los derechos humanos y la descolonización es fundamentalmente la misma: la lucha por la libertad frente al abuso de poder. El marco moderno de los derechos humanos, tal como lo conocemos, nació en el crisol de la descolonización; se trata de un contexto histórico que debemos tener presente.
En segundo lugar, los mismos derechos humanos siempre han sido objeto de intentos de colonización: de apropiación indebida y manipulación con fines políticos. En ese sentido, la batalla por descolonizar los derechos humanos es permanente.
En tercer lugar, a fin de ser fieles al carácter de los derechos humanos, debemos reconectar con las luchas de la ciudadanía de a pie contra el abuso de poder.
Ahora bien, creo que comprender el aspecto colonial de la institución de los derechos humanos ofrece algunas ideas, pero de ninguna manera es la parte más importante de la historia. En última instancia, los derechos humanos tienen que ver con la lucha constante de las personas y los pueblos marginados y oprimidos contra el abuso, la distorsión y el exceso de poder. Durante mucho tiempo ha estado de moda considerar los derechos humanos en términos de Norte frente a Sur u Oriente frente a Occidente. Pero lo que estos análisis tienden a pasar por alto es la conexión histórica entre el sistema de derechos humanos y las luchas de las personas contra la opresión. Históricamente, muchas de estas luchas fueron, por supuesto, luchas por la descolonización, pero lo cierto es que, en muchos casos, se convirtieron después en luchas de la gente corriente en países cuyos colonizadores europeos habían sido sustituidos por líderes nacionales cortados por el mismo patrón.
La importancia del derecho de los derechos humanos y las tertulias de salón sobre Oriente frente a Occidente no han contribuido a poner los instrumentos de derechos humanos en manos de quienes más los necesitan. La idea de que los derechos humanos eran, de alguna manera, un accesorio de la Pax Americana ganó vigencia con el tiempo, y los derechos humanos, en particular los derechos civiles y políticos, se asociaron con los modelos políticos y económicos dominantes que promovían los países occidentales poderosos. Además, durante demasiado tiempo, muchas de las grandes organizaciones no gubernamentales, entre ellas Amnistía Internacional, han dependido en exceso de la tutela de los derechos humanos por parte de Estados Unidos y Europa. Cuando nuestro poder, dinero y toma de decisiones provienen del Norte, estamos enviando un mensaje acerca de la autoridad moral del Norte. Perdemos nuestra conexión orgánica con las luchas en otras partes del mundo.
La hipocresía occidental en torno a los derechos humanos alcanzó una apoteosis absurda en Guantánamo, un vacío de derechos humanos creado al servicio de una “guerra contra el terrorismo” que se libra en nombre de la libertad y los valores que sustentan esos mismos derechos. Con Guantánamo las cosas quedaron claras. Hoy vemos otros indicios de esa hipocresía y parcialidad en la violación manifiesta de los derechos humanos de las personas refugiadas y en la creciente islamofobia.
La generación actual de académicos escépticos parece basarse en ciertas asunciones sobre el significado de los derechos humanos y sobre cuándo surgieron. Pero me gustaría reiterar que yo prefiero entender los derechos humanos como la afirmación de las luchas continuas contra el abuso, la extralimitación y la violencia del poder. Partiendo de esta visión, sugiero tres importantes miradas hacia adelante.
En primer lugar, necesitamos una visión convincente de la humanidad y de la que la ciudadanía de a pie se haga eco. Tenemos entre manos un problema grave en muchas partes del mundo, desde Filipinas a Turquía y desde India a Estados Unidos, donde se describe a las defensoras y los defensores de los derechos humanos como la élite y los enemigos del desarrollo endógeno. Sus antagonistas los pintan como colonizadores. Se los presenta como a villanos que luchan por los derechos de las minorías. Samuel Moyn sostiene que los derechos humanos son el instrumento para lograr nuestros sueños utópicos, pero no podemos dar por sentado que las personas articulan sus utopías en términos de derechos humanos.
Además, en el horizonte se atisban nuevas cuestiones éticas. Hay nuevos colonizadores del mundo corporativo, muchos de ellos en Silicon Valley. Algunos están colonizando Internet; otros quieren ocupar otros planetas y el espacio exterior. Las tecnologías exponenciales plantean nuevas preguntas acerca de lo que significa ser humano.
Hoy en día, ante el auge de la inteligencia artificial, la creciente automatización que elimina puestos de trabajo y plantea preguntas acerca de la idoneidad de nuestros modelos de seguridad social, y el efecto cada vez más patente de los algoritmos opacos sobre nuestro tribalismo y toma de decisiones colectiva, la necesidad de contar con un marco ético es insoslayable.
En segundo lugar, es fundamental poner en tela de juicio la distinción entre derechos civiles y políticos, por un lado, y derechos económicos y sociales, por otro. Las personas no viven sus vidas en estos términos. Esta distinción nunca ha tenido sentido en el Sur, ya que quienes no tienen voz son pobres y quienes son pobres no tienen voz. Este dilema se presenta cuando las personas están a merced de compañías poderosas y gobiernos que colaboran estrechamente con ellas. Hay pocos ejemplos mejores que el de los niños que trabajan en las minas de cobalto artesanales de la República Democrática del Congo, de las que se extrae alrededor del 10% del suministro mundial de este metal. Aunque la tendencia está cambiando lentamente, las empresas todavía hacen muy poco por erradicar el trabajo infantil de sus cadenas de suministro, y el gobierno tiene más interés en mantener ocultos los problemas que en afrontarlos.
En tercer lugar, a menos que nuestra postura sea luchar hombro con hombro con la gente, no podemos esperar realmente que lograremos un cambio duradero. La solidaridad internacional fue un poderoso motor que impulsó a la opinión pública y a las organizaciones del Norte a apoyar las luchas en el Sur global, pero, a menudo terminó por sustituir a la agencia. Y, sin embargo, si hay algo intrínseco al “proyecto” de los derechos humanos es que el poder y la agencia permanezcan en manos de quienes son objeto de la opresión y la injusticia.
Nuestro afán por descolonizar los derechos comienza en las luchas, en la unión de personas frente a la opresión. En el último año, el aumento de los movimientos de mujeres y niñas, entre ellos #MeToo y Time’s Up, ha sido especialmente estimulante. Desmantelar el patriarcado es, quizás, la lucha más antigua de todas, y no es una lucha aislada. Durante muchos años, los movimientos por los derechos de las mujeres nos han mostrado la importancia de la naturaleza interseccional de estas luchas: las mujeres negras, las mujeres dalits, las mujeres con discapacidades y las mujeres con sexualidades diversas están librando batallas multidimensionales. En última instancia, todo se reduce a su lucha por la dignidad y la igualdad, frente a una opresión y una injusticia históricas.
Me gustaría terminar con la historia de Melchora, una activista indígena de Perú. Como consecuencia de la falta de agua limpia, muchas personas de su comunidad —hombres, mujeres y sus hijos e hijas— enfermaron, y los niños y las niñas no podían concentrarse en la escuela. Melchora y otros miembros de la comunidad asumieron su caso y lo defendieron a todos los niveles en pos de la justicia: una lucha valiente contra la injusticia más fundamental ante un diferencial de poder enorme, pero con la férrea determinación de que la legitimidad de su demanda tendría las de ganar.
Y es ahí donde realmente empiezan y terminan los derechos humanos.

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