Por Josefina Salomon, delegada de Amnistía Internacional en Nicaragua
Desde fuera parece una simple casa verde con dos ventanas, una alta valla metálica blanca y un bonito jardín, a unos 20 minutos del centro de Managua.
Pero dentro hay un grupo de mujeres valientes que luchan contra una lacra muy extendida plantándole cara a la violencia sexual.
Abigail me recibe en la puerta con una amplia sonrisa en el rostro y en las manos las llaves de los dos cerrojos que mantienen la casa aislada del mundo exterior.

“¡Entre, entre, bienvenida a nuestra casa!”, me saluda.
Dentro, dos muchachas se ríen con una telenovela en un cuarto de estar pintado de brillantes colores. En el piso de arriba hay siete habitaciones con camas, a menudo menos de las que hacen falta para alojar a las mujeres que acuden a la casa. La última llegó anoche.
Para muchas de ellas esta es la primera puerta a la que llaman cuando toman la decisión de escapar de los abusos que sufren en sus casas, cuando las palizas y la violencia sexual ya se han vuelto insoportables.
Abigail es la directora de este refugio y lleva más de 20 años trabajando con mujeres que, como ella, son sobrevivientes de la violencia y los abusos sexuales.
La conocí hace un par de días, en un evento organizado por un centro de mujeres en el que muchas sobrevivientes compartieron sus experiencias y esperanzas con nuestra delegación, que está en Managua para presionar a los candidatos electorales a fin de que se ocupen de las elevadas tasas de violencia sexual contra las mujeres y las niñas en el país.
Según cifras oficiales, entre enero y agosto de 2010 fueron 1.259 las mujeres que denunciaron haber sido violadas. Dos tercios de ellas tenían menos de 17 años.
Los activistas de derechos humanos locales creen que la cifra real es muy superior. Muchas mujeres y niñas no denuncian los abusos que sufren, y la mayoría de los autores de estos abusos nunca son puestos a disposición judicial.
Abigail y sus compañeras conocen a muchas mujeres cada semana. Como la joven de 22 años, madre de tres niños, cuya pareja le cortó la mano y la oreja, o la niña de 9 años que fue violada por su padre.
“Aquí hemos tenido muchas mujeres. Las historias que más me han conmocionado han sido las de las niñas. Son las situaciones más difíciles. Tan terribles que ni siquiera podemos imaginar que sucedan; es increíble la fuerza que estas niñas tienen para recuperarse y seguir adelante con sus vidas”.
Abigail me lleva a la cocina. “Es mi lugar favorito de la casa”, afirma.
Nos sentamos a una gran mesa rodeada de sillas multicolores. Este es el lugar donde se produce el primer encuentro con las mujeres, donde tienen lugar las primeras conversaciones.
Cuando llegan, las mujeres entregan sus teléfonos móviles para que nadie pueda localizarlas.
Luego pasan por lo que Abigail denomina “un proceso de recuperación”. Psicólogos, médicos y abogados trabajan con ellas para ayudarlas a recuperar su autoestima y su salud y llevar sus casos al sistema de justicia.
“En cuanto llegan, comenzamos a trabajar en su futuro, dónde quieren ir, qué quieren hacer con sus vidas. Tienen que hacer el ejercicio cotidiano de visualizar sus vidas fuera de este lugar.”
Las mujeres suelen estar aquí entre tres y nueve meses, “hasta que pueden seguir adelante con su nueva vida”, explica Abigail.
He conocido a muchas mujeres como Abigail en Nicaragua. Muchas sobrevivientes de violación y violencia sexual están ahora en la vanguardia de la lucha contra unas leyes mal concebidas, la indiferencia, la falta de interés y, simplemente, la crueldad.
Las historias de abuso parecen no tener fin, y las preguntas siempre son las mismas: ¿Qué hacen las autoridades al respecto? ¿Qué hace la gente al respecto?, ¿Qué van a hacer ustedes al respecto?
Me voy del refugio preguntándome cómo consiguen Abigail y muchas otras mujeres librar esta batalla contra la indiferencia y la injusticia, de dónde sacan el valor para seguir y la fuerza para oír historias tan duras que la mayoría de nosotros ni siquiera entenderíamos.
“Hago esto porque quiero ayudar a las mujeres a salir de las situaciones en las que se encuentran, para que me vean como una aliada, alguien que ha pasado por la misma situación que ellas, alguien que las entiende”, dice Abigail, y gira la llave que cierra el gran cerrojo de la puerta blanca de la casa verde.
Si tú también quieres mostrar tu apoyo a las mujeres y niñas de Nicaragua, actúa aquí